Tan solo unas horas después de que el devastador seísmo sacudiera las cercanías de la capital venezolana el 24 de junio, los especialistas de la UME y del Ejército de Tierra ya se encontraban cruzando el Atlántico en un despliegue relámpago que confirma la capacidad de estas unidades de estar operativas a nivel global en tiempos récord.
Durante más de diez jornadas consecutivas, los 65 militares de la UME y dos ingenieros del Ejército de Tierra, apoyados con 8 perros de la unidad cinológica, trabajaron sin descanso en las condiciones más extremas en el estado de La Guaira, específicamente en los municipios de Playa Grande y Caraballeda. Su labor principal consistió en el reconocimiento avanzado y la localización precisa de víctimas en una zona cero que contabiliza miles de fallecidos, más de 16.000 heridos y 189 edificios totalmente colapsados.
CRONICA DE UN RESCATE
Si hay un 1% de posibilidades, es suficiente
- Con un uno por ciento de posibilidades, ya es suficiente para buscar vida, porque significa que no es imposible
- Cualquier mínima posibilidad de encontrar supervivientes justifica con creces un despliegue de la UME
Mientras exista un uno por ciento de posibilidades de encontrar a alguien con vida, ya es más que suficiente para darlo todo en la búsqueda de supervivientes. Este fue el lema que el sargento primero Pedro Navajas predicaba y que todo el grupo de rescate de la UME asimiló.
Tras el doble terremoto de magnitudes 7,2 y 7,5 grados del pasado 24 de junio y catalogado como el más mortífero que sufrió Venezuela en el último siglo, la UME puso rumbo al país sudamericano con un claro objetivo: salvar vidas.
El equipo de búsqueda y rescate urbano (USAR, por sus siglas en inglés) perteneciente al Segundo Batallón de Intervención, comenzó a trabajar en la madrugada del 26 de junio, realizando reconocimientos en edificios colapsados en la zona de Catia La Mar, en el estado de La Guaira, conscientes de que el tiempo corría en su contra, pero con la esperanza de repetir los rescates realizados en Turquía, tras el terremoto de febrero de 2023.
Todo comenzó con un indicio de vida; a las pocas horas de su llegada, a la par que se realizaban búsquedas en varios edificios, el equipo del sargento primero Francisco Peralta recibió el aviso por parte de un vecino que aseguraba de la presencia de una señora con vida, atrapada en un edifico dañado cercano, en la zona residencial Vistamar, con un acceso complicado.
Tras verificar el ingeniero politécnico del Ejército de Tierra que había seguridad para el equipo de rescate y que era viable iniciar los trabajos, los militares accedieron al edificio, siguiendo al vecino que la había localizado, hasta donde se escuchaba la voz de auxilio por parte de la víctima, Adelaida Terán, de 60 años.
Desde ese momento, el equipo no perdió en ningún momento el contacto con Adelaida que, aunque de forma confusa al estar desorientada, respondía a las llamadas y preguntas que se le hacían los militares de la UME. Tras unos inicios complicados, para llegar hasta ella, se pudo acceder hasta donde Adelaida se encontraba, establecer contacto físico y suministrarle un poco de agua para hidratarla. Al finalizar los trabajos para liberarla, se pudo realizar la extracción completa y terminar el rescate con éxito.
En todo momento, el personal de rescate informó a los servicios sanitarios de la UME allí presentes del estado de Adelaida y de las posibles patologías que podría tener. Una vez extraída estaba ya todo preparado, el tablero espinal, inmovilización de cadera, oxígeno, analgésicos y, para finalizar, la entrega a los servicios sanitarios de Venezuela y posterior derivación a un centro hospitalario.
“Qué alegría de verte, Antonio”
Casi sin descanso llegó un nuevo aviso proveniente de equipos de rescate que se encontraban en la zona, se escuchaban voces de una víctima atrapada en un edifico próximo a donde estaba Adelaida… y ahí se encaminó el equipo. Sin pensarlo, se dirigieron a la ubicación que les decían, donde se escuchaba la voz de José Antonio Villarroel.
Rápidamente, el equipo de búsqueda técnica, dirigido por el sargento primero Peralta, despliega los geófonos operados por el equipo de búsqueda técnica. Tras colocarlos, se grita una sola palabra “silencio”; las máquinas paran sus motores, el personal en el work site permanece inmóvil y comienza el procedimiento: “Antonio, dinos por donde escuchas los golpes”. La maniobra consistía en averiguar la ubicación exacta de Antonio, su posición y decidir la mejor estrategia para su rescate.
De inmediato, comienzan las maniobras con la máquina taladradora T-2000 para abrir un agujero y proceder a su rescate, pero como pasa normalmente en estas ocasiones, no era fácil el acceso. Si algo estaba claro era la fortaleza de Antonio que, aunque casi habían pasado 72 horas desde el seísmo y a pesar de sus 67 años, el haber quedado atrapado con garrafas de agua a mano, permitió que se encontrara con las fuerzas suficientes para que participara, aunque fuera mínimamente, de forma activa en su propio rescate.
Poco a poco se abrieron paso entre hormigón y madera en una operación delicada en la que, cada cierto tiempo, el sargento primero hablaba con Antonio para animarlo y mantener el contacto.
Tras unas horas de duro trabajo, logran extraer a Antonio con la alegría desbordada de todos los presentes al grito de “¡bienvenido Antonio!” y “¡qué alegría de verte!” y varios vítores, a lo que él respondió con “es un milagro” y un “¡gracias!” que emocionó a todos los que estábamos allí presentes. Tal era el ánimo y entereza de José António, que el jefe del equipo de rescate tuvo que insistir para que se quedara en la camilla y evacuarlo, ante las ganas que tenía de levantarse.
Con el rescate de Adelaida y Antonio, la UME volvió a demostrar que la preparación, la coordinación y la perseverancia pueden marcar la diferencia incluso cuando el tiempo juega en contra. En escenarios donde cada minuto reduce las posibilidades de encontrar supervivientes, el equipo mantuvo intacta la convicción que guía su trabajo: mientras exista un uno por ciento de posibilidades, merece la pena darlo todo. Porque, en ocasiones, ese uno por ciento es suficiente para devolver una vida a su familia y convertir la esperanza en realidad.